15 julio 2008

Auster y la caja del pasado (I)

En los libros de Paul Auster siempre hay una escena en la que un personaje encuentra en un desván, en un baúl o en una caja perdida en el fondo de un armario un álbum viejo de fotos, un cuaderno olvidado, un objeto polvoriento que lo transporta al pasado, donde aguarda una revelación.

La noche del Oráculo incluye la historia de Richard, un hombre insignificante de 43 años, que llevado una vida anodina “pasando de un empleo deprimente a otro, sin madurar verdaderamente” y cuyos últimos momentos de gloria los vivió jugando al baloncesto en el instituto. De trato agradable, pero “soso y apagado”, tirando a lelo. Cuando se cuenta la historia, Richard está casado, tiene dos hijas y continúa ganándose la vida con un empleo insustancial, mientras por las tardes mata el tiempo delante del televisor. Es un hombre sin relato… hasta que un día, rebuscando en una caja de cartón en el garaje de su casa se encuentra con un estereoscopio de su infancia. Un aparato óptico que permite ver imágenes en tres dimensiones, “como un álbum de fotografías en relieve”. Y dentro de ese aparato, que Richard había olvidado por completo, había doce fotos familiares tomadas el día del sexto cumpleaños de su hermana. Cuando empezó a verlas, en un instante “se volatilizaron treinta años de su vida”. Recupera un día olvidado de su adolescencia, pero no como se recupera al ver una fotografía sino como si volviera a ver a los seres de las imágenes otra vez vivos. “Todos los que salían parecían estar vivos, pletóricos de energía, presentes en aquel mismo momento, como formando parte de un eterno ahora que se había ido perpetuando a sí mismo… El estereoscopio era como una linterna mágica que le permitía viajar en el tiempo y visitar a los muertos”.

Y entonces, ese hombre anodino “sin poesía alguna” rompe a llorar. Durante dos meses mira las fotografías cada día, por las mañanas y por las noches, en el garaje, a solas, lejos de su mujer y sus hijas. Siente que ha perdido el acceso a un lugar maravilloso, a momentos de alegrías inalcanzables. Como si otra vez murieran los seres queridos de las fotografías. Richard intenta comprender lo que le ha ocurrido. Hasta que comprende que “hay que vivir el presente”, porque el pasado no se puede recuperar, sin desatender a quienes viven junto a nosotros.

Cuando se pasaba las tardes viendo la televisión no sentía que estaba desatendiendo a sus hijas, no sentía que no estaba viviendo en su tiempo. Al encadenarse a su pasado con las fotografías es cuando empieza a causar la alarma a su alrededor y cuando, incluso, se pone en peligro a sí mismo.

Pero es ese descubrimiento de la vieja caja del garaje la que le lleva a Richard a preguntarse sobre la forma en la que emplea su vida.

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3 Comments:

At 2:14 p. m., Blogger Leo said...

mUy interesante. Me ha gustado lo del hombre sin relato, ya sabes que es un proyecto pendiente con Maite. Es interesante: el hombre sin relato no vive el presente porque no es capaz de revivir el pasado. Entonces nos encontramos con un ser sin "raíces vivenciales" que es incapaz de "empalabrar" su propia existencia. Y resulta el hombre sin relato, que anda anodinamente por el mundo, no? Me gusta.

 
At 3:42 p. m., Blogger susanamb said...

Dios!! Lo peor es que existen hombres así. Existen! Hombres mediocres evadidos de toda realidad. Sin raíces y sin futuro. Sin nada. Que pasan por aquí y que no recuerdan ni el sitio. Eso existe, lo conozco. Y lo aseguro, es horrible.

 
At 1:48 a. m., Anonymous Anónimo said...

Todos pasamos y acabamos olvidando. Olvidar es también haber vivido.

 

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